CAPITULO I: UN MILAGRO EN LA BASURA

Las nubes ya habían cubierto completamente el cielo oscuro de la noche. El manto nocturno ya cubría las cabezas de los mortales. El día ya se encontraba en su tumba descansando, el sol exhausto de alumbrar ya se había retirado. La tierra volvía a sus orígenes tétricos, la Noche cubría las cabezas de los mortales una vez más. El viento helaba hasta el más cálido de los corazones, mataba los árboles, maldecía con su helada lengua. No paraba de silbar, le gusta, esa es su manera de manifestarse. Las nubes,otra vez, han comenzado a llorar. Gota por gota comienzan a mojar todo, como si algo trataran de limpiar, algo que había en la tierra algo indigno y sucio, que nunca podra ser borrado de la memoria de Dios. Las hojas cubrían las calles, formando una suave alfombra otoñal, para los pies de los pocos impíos que quedan en este mundo. Ni luz, ni luna, nada.Solo velas.

Era una villa de varias hectáreas, bajo un cerro donde se alzaban las edificaciones más grandes de la vieja ciudad. Magnificas mansiones que encandilaban con sus inmensos cristales y dorados marcos. Una sobre todas, la número 7, la más antigua. Un poco deteriorada, pero nada de eso le quitaba el aire de majestuosidad que alguna vez tuvo. La que alguna vez fue inaugurada con grandeza, la que estaba llena de vida, protagonista de tertulias de la alta sociedad, hoy yace lóbrega al final de la calle.

Las malezas se reproducen con asquerosa velocidad, se levantan, se adhieren a las paredes,se enrocan a las verjas, recorren centímetro a centímetro, consumiendo todo lo verde a su paso. Se han apropiado del patio, dejando bien en claro cual es el territorio del tiempo y que con él, no se juega, los rostros se arrugan, las plantas se secan, las frutas se pudren. Nada ni nadie puede escaparse al inclemente látigo de los años.

El pequeño Demian se levantó como cualquier otra de esas noches en las que no podía dormir, sentía frío, desperto tosiendo. Se acercó lentamente a al ventanal de su habitación y trató de contemplar los cerros a lo lejos. ¿Qué abría detrás de ellos? Son preguntas casi triviales y vanas, pero de gran importancia en la mente de un niño de mente inquieta.

No quedaban velas, tendría que vérselas cara a cara con la oscuridad, alejar de su cabeza esas terribles visiones de monstruos que quieren robarle algo, que quieren lastimarlo.

-Mamá dice que no existen, y ella no me miente porque me quiere. No me había percatado, que alto esta el techo y que sucio. Que frío, mejor me arropo que si no me pesco una gripe.

Camino otra vez hacia el ventanal y se paró en el borde. Que ganas de poder salir volando de ese lugar tan poco acogedor tenia. Ir volando, llegar a esos lugares que aun no conoce, poder cruzar esa alta verja y poder correr por donde sabe que la tierra no lleva su apellido. Por el momento solo debería conformarse con caminar por la mansión.

Con todas sus fuerzas Demian abrió la gran puerta. Al salir, una vez más como cada vez que lo hacia se sorprendió con los rayos de luna que se filtraban por las ventanas del techo. Grandes pilares pasaban por su lado, detrás de la mesa con el florero tenia bien guardada una pedazo de vela para esas noches de insomnio. La larga alfombra mantenía sus pies tibios. Abriendo puerta por puerta, mirando que había tras de ellas, aunque lo supiera bien, siempre se aseguraba de no perderse ningún cambio en la casa. De pronto una sensación de libertad lo invadió, se puso a correr por el largo pasillo, casi sin hacer ruido, como un gato silencioso, ágil y curioso. -¿Quienes son los de las pinturas?- se preguntaba inquieto. ¿Quienes son esos personajes? Tan majestuosos, mirando hacia arriba, leyendo, uno fumando de una gran pipa de madera, con esos aires de superioridad.

-¿Tan grande es el mundo? Tantas personas que no conozco, quiero tocar, conocer y saber mucho, pero a duras penas escribo, yo quiero ser pintado, quiero ser como ellos.

Hechó a correr otra vez, como una avecilla en busca de gusanos. Esta vez llego a la biblioteca, era una habitación muy grande, con repisas perfectamente alineadas, una detrás de la otra, con muchos libros, más de los que una persona común y corriente podría leer en toda su vida. Tomó uno al azar, de la última estantería. Se sentó en el suelo y jugó a leer, tal como lo hacían los adultos, se llevo la mano al mentón y asentía cada vez que veía una ilustración.

Anatomía ponía el título del libro. En las primeras hojas mostraban el esqueleto humano, puso su dedo en el cráneo y luego se palpó la cabeza tratando de encontrar las divisiones, no las sentía. Luego se tocó el pecho, tratando de encontrar las costillas. Ahí estaban. Una sonrisa se dibujó en su cara, se llevó la mano al mentón y asintió. El primer rayo de sol le entro como una filosa aguja en el ojo, se dio cuenta de que ya había terminado. Dejó el libro en el mismo lugar donde estaba y se prometió leerlo cuando supiera como. Otra vez, jugando al gato, corriendo sigilosamente volvió a su habitación. Se despidió de las pinturas, dejó la vela detrás de la mesa, oculta, porque era su vela.

Abrió la puerta lentamente, contempló el paisaje, el amanecer, empañó el vidrio con su agitada respiración. Se acostó nuevamente y trató de aplacar el frío cobijandose entre las frazadas. Bostezó tranquilamente y se quedo sin moverse, tiritó hasta que el sueño lo venció una vez más...

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Una nueva mañana, una nueva oportunidad de arreglar las cosas, un comienzo. Dolores se levantó, junto con el sol, abrió las cortinas de su cuarto. Se quitó su camisón blanco frente al espejo, desnuda abrio el cajón, sacó de el un delantal radiante y las ropas que suele usar en las jornadas de trabajo. Unas medias, una de sus camisas blancas, esa larga falda negra, sus calzones y unos guantes largos. Se sacó la maya del pelo y comenzo a arreglar sus cabellos de la forma metodica en que lo hacia siempre, se hizo esa larga trenza que Demian solia perseguir y tratar de tocar.

Abrio la ventana levemente para permitir la ventilación, pero no para dejar entrar la lluvia. Se puso sus zapatos y comenzó el día. Abrió la puerta y fue a sacar las trabas de la puerta principal. Llenó el tazón de comida del gato y lo dejó en la cocina. Comenzó a poner las cosas en la mesa una por una. Sacó brillo a los platos uno por uno, los puso en la mesa junto a los cubiertos de plata. Tocaron a la puerta. Se dirigió a abrirla como todas las mañanas. Era Ramiro que venía a dejar la leche fresca. Luego de colarla la puso en la tetera. Sacó los fósforos de su delantal y prendió la cocina, solo ella sabia hacer que el fuego prendiera tan rápido. Cortó unos trozos de pan y los puso en la rejilla de la cocina. Una vez que ya estaba todo listo hirvió la leche y puso la mantequilla en el pan. Cuando todo estaba preparado, tomó el mantel pequeño, lo puso en sus manos y se dispuso a tocar la campanilla, pero se dio cuenta de que no estaba. Era obvio, se agachó para mirar debajo de la mesa y la campanilla comenzó a sonar.

-Joven Demian, tiene órdenes de su madre de dormir en la noche y no quedarse acá abajo tan temprano, a poco ya se agarra un resfrio. Si su madre lo encuentra aquí lo castigará.

Una sonrisa inocente se dibujó en la cara del niño, le entregó la campanilla a dolores y hechó a correr.

-Niñito por Dios...

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Antonieta habia despertado ya hace rato, estaba vestida y elegante como siempre se le habia visto. Revisó nuevamente los documentos y al parecer todo andaba bien. Pudo haber bajado hace veinte minutos, pero no lo hizo, espero a escuchar la campanilla. Salió de la habitación y fue la pieza de su hijo.

-Demian, querido ya es hora, levántate.

-Si mamá lo hare enseguida-dijo mientras se restregaba los ojos-

La Señora Antonieta se acercó y se sentó en la cama, le puso la mano en la mejilla y deso a Demian en la frente.

-Querido, estas helado, abrígate o pescas una gripe. Baja pronto, te espero.

Demian esperó a que se cerrara la puerta para ponerse en el piso de un salto. Se acerco a la ventana y descubrió la lluviosa mañana. Dio media vuelta y se dispuso a bajar. Se sento a la mesa con su madre, Dolores procedió a retirarse silenciosamente.

-Señor te damos gracias por estos alimentos que traes a nuestra mesa, por la salud que nos das y por el pasar próspero que vivimos. Am..

-Y por que mamá este viva.

Hay veces en que las palabras de los niños conmueven a los adultos, esta fue una de ellas.

-Amén- dijeron al unísono.

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El silencio durante la comida era frio, intenso, ruídoso y completamente insoportable, el ruido de las cucharas pasar por las tazas rebotaba infinitamente en el espacio abismal de esa fría mansión.

Demian, como cualquier niño pequeño, mantenía una sonrisa hipocrita, que en realidad era el vivo reflejo de su aburrimiento.

Doña Antonieta, como cualquier madre, simulaba con verídica actitud, sínica como cualquier madre viuda.

Demian miro al techo, y por las altas ventanas pudo contemplar el cielo, pensaba, juraba, que su padre estaria bajo el mismo. Banamente mantenia sus esperanzas en un imposible, en una ilusión que aunque luchara, escarbara, sufriera, era infundada, ilusa e imposible.

Sonó la campanita y Antonieta se retiró de la mesa, limpio su boca manchada de mermelada y dejo la fina servilleta sobre la mesa, todo sin perder la imagen de musa. El niño tambien se paró, era hora de desear, de comenzar a gestar un plan, ya era su segundo día.

De las penumbras apareció Dolores, silenciosa como siempre, tomo cada elemento de la mesa y en pocos viajes ya los tenía todos apilados sobre el mueble de cocina.

Atenta como siempre sintio antisipadamente los zapatitos sobre el suelo.

-Que terco.

Todo un día nuevo para hacer y desacer, ¿que sería lo primero?

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Levantó la ropa de la cama, que llegaba al suelo por el ancho, debajo una cajita de roble, dentro de la caja un sobre, dentro del sobre, papeles de colores. Verdaderos tesoros de tardes de invierno.

Tomó el primero, era una papelito rojo, lo doblo diagonalmente, luego otra vez por la diagonal, tomó el pequeño cuhillo y cortó las puntas, con mucho cuidado y paciencia, tomó un alfiler y una rama seca de cáñamo, puso todo junto y atravesó el papel, al terminar sopló y vio como giraba, era su remolino de la mañana.

-¡Y el remolino pasa volando, por el patio!

Tomó su chaqueta marrón, su gorro y salió corriendo. Corrió por el pasillo, bajo las escaleras a grandes trancos y dio el broche de oro con el salto desde el tercer peldaño, fue hacia la cocina.

-¿Qué haces Dolores?

Dolores escuchó, pero le costo responder a la pregunta, se encontro ella misma sin remedio mirando hacia afuera, recordando viejos tiempos.

-Nada joven Demian. Mírame, tú quieres salir, lo sé, ¿Quieres salir cierto?

-Si, pero ¿no le diras a mamá?- más que una pregunta era una frase imperativa, el poder que llevaba dentro se manifestaba de a poco. Puso la mano en la perilla de la puerta, estaba tan fría. Al abrir la puerta el viento entro desesperadamente dentro de la casa, buscando refugio.

Dolores cerró la puerta con rapidez. Todo seguía igual. El suelo estaba mojado por la lluvia, el cielo nublado sin animos ni esperanzas de despejarse. Las finas gotas de garua caían del cielo, se adherian a la ropa del pequeño. Las paredes criaban más plantas que el suelo. Demian se acercó a un tronco cortado cercano y se sentó a contemplar. El cielo gris cubre hasta donde se pierde la vista. Los trozos de madera parecían baldosas en el suelo, uno al lado del otro. El hacha parecia estar vomitando, eran las gotas de oxido que habian comenzado a ceder. Una melodia invernal dirigida por el viento, interpretaban los árboles, sus hojas cantaban a la grandeza del mundo todas a la vez y en perfecta armonía. Las malezas trigueñas bailaban de un lado al otro, sin parar, sin descanso. Solo se dejaban llevar por el director de aquel magnifico, miserable e insignificante concierto.

Sacó de su bolsillo el remolino y lo enterro debajo del álamo, giraba y giraba, sin parar. Era hipnotizante.

El pequeño niño añoraba estar cansado y se puso a caminar, bordeando el muro de piedra, sus zapatos eran succionados por la tierra en cada paso. Llegó a la cazucha que hacían llamar gallinero y se fue a mirar a los pollos. Solo habia gallinas.

-¿Se te fueron tus pollitos? Dijo a la gallina que ni siquiera se inmutaba ante la precencia del niño, que estiro las manos para tomarla, y antes de tocarle una sola pluma, comenzo el cantico de las aves, todas refugiadas debajo de las tibias alas de su madre.

-Que oscuro es esto, creo que te traere velas para que no tengas miedo ni frio. Las ramas de paja estabas tiradas por el suelo con abundancia, tapaban las grietas de la madera. Abrió la puertecilla y prosiguió su viaje a pesar del frío que sentía, se le apretó la garganta.

Entre el verde trigueño del suelo asomaba una senda de tierra negra que era la que llevaba a las otras maravillas de ese gran patio. Cruzó con mucho cuidado la huerta, claro esta en vano ya que todo estaba podrido y llegó a un cerco. A cualquier niño de su edad le hubiese asustado asomarce, pero a el no, ya que no tenía opción. Dos desmesurados bultos de carne estaban hechados en el barro. De sus grandes hocicos exhalaban bocanadas de vapor y olor a podrido. Eran los cerdos, los mismos cerdos que una vez llegaron en un saco, ahora estremecían la tierra según Demian cada vez que se agitaban.

Una seta blanca producto de la humedad creció en la parte baja de la reja, al acercarce Demian apreció lo desesperadas que estaban las hormigas ante la garua, por más que corrieran, por más larbas blancas que transportaran, igualmente algunas moririan, no se podria evitar, daño colateral. Eso es la selección natural se diría alguna vez frente a tantos ojos espectantes.

La vida era buena, mamá, una mullida cama con una gran ventana, una casa grande, libros para leer, alimentos calientes para consumir. Si que era buena. Un ruido bestial recorrió el patio, venía de atrás, Demian no se asustó, pero como ya era costumbre para el hecho a correr con toda alegría, con toda libertad y cuando cerró los ojos sentía que se deslizaba como una liebre por la suave hierba.

Las aves cantaban, los cerdos dormían, la maleza bailaba, el niño corría y el viento soplaba. Corría cada vez más rápido. El golpe en la cara fue lo más duro ya que era lo que llevaba más adelante, tras impactar su cuerpo se deslizó hacia adelante, lo invadió un dolor y una picazón en la nariz, mientras caía pensaba en una sola cosa, que aun seguía corriendo. Cuando la distancia con el suelo era mínima su cabeza se golpeó contra un palo. Lagrimás corrieron por sus mejillas. El mujido fué demasiado fuerte, definitivamente eso habia terminado de asustarlo, al parecer la vaca a penas se percató de la presencia del niño.

Un llanto angustioso salió del niño, una sensación de vacio lo lleno repentinamente, logro pararse y limpiar su ropa un poco, volvio lentamente a su casa, y con un insinuado puchero en la cara.
Se agachó para recoger una hoya vieja que habia en el suelo y con una piedra la fue golpeando mientras caminaba. Tratando de alegrarse a si mismo un poco.

Desde lejos nada se veía, la garua formaba una cortina impenetrable a la vista, pueblo muerto hubiese pensado cualquiera, salvo por los golpes con ritmo de arrurrú.

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¿Qué cosa seria más amarga que el sonido de la puerta cerrarse una vez más? ¿Qué cosa más grave que el castigo que se le impondría?

Demian llego a la cocina llorando, sus lagrimas corrian por sus redondas mejillas, los mocos le llegaban al mentón. Pasito a pasito intentaba acercarse silenciosamente al pasillo para subir corriendo la escalera. Cuantas emociones alvergaba su corazón en un momento como ese, que tan rapido latia, ante la angustia de ser encontrado y castigado, siendo que el no habia tenido culpa alguna en esa travesura.

Paso la sala de estar en silencio, ni señas de Dolores y lo más probable es que Doña Antonieta estuviese en la habitación haciendo las cuentas. Subió la escalera en silencio, sintiendo que la distancia entre él y su habitacion se hacia cada vez más larga y angustiosa, sentía frío y miedo.

Al llegar al segundo piso no aguanto más, y corrio a refugiarse, cuando al fin lo logro, salio desde lo más profundo de su alma un suspiro de alivio. Se saco la ropa y se puso una muda limpia, aun tiritaba un tanto.

Aún con miedo, Demian fue caminando sigilosamente a la biblioteca. Saco unos cuantos libros y se puso a mirarlos.

Era una de las cosas que lo hacian sentir bien.

Al ya caer la noche fue cuando dijo a su madre:

Mamá, quiero aprender.

Antonieta dejo caer una copa...

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Los días trancurrieron serenos, ciclícos. Demian seguía jugando en el patio, mirando los libros, haciendo remolinos y disfrutando la dulce niñez.

A veces carecían de sentido para Antonieta, no habia diferencia entre uno y otro para la gente mayor. No quedaban muchos jóvenes en esa lobrega villa, y aun eran más escazos los niños. El cielo queria liberar de pecado a esas inocentes criaturillas. Entre cerros encerrada, condensaba el tiempo, la tierra y el polvo hacian vigilias a su alrededor.

Los árboles más que crecer, dejaban caer sus hojas día a día, pero algo no los dejaba morir, algo no dejaba morir a aquellas personas, algo las mantenia arraigadas a esta existencia, ya sea esperanza o solo instinto. Esperanzas de una nueva vida, ilusas y poco concretas, pero asi de tercas son las esperanzas.

Dolores recordaba. Día y noche. Recordaba con angustia la noche en que aquel hombre la habia dejado por una esperanza. Dolores se nego asi misma por un amor incondicional y por eso ahora esta donde esta, condenada a cuatro paredes.

- Lo lamento Dolores.

Fue lo último que le escucho decir antes de eso. Fue lo último que dijo.

-¿Será posible? se dijo a si misma.

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Cuando ya el sol se habia alzado por sobre las edificaciones del hombre, y cuando el gallo habia cantado, él se levanto de la cama, hizo sus oraciones y reflexiones matutinas como ya para él era sagrado.

Hubiese sido un día como cualquier otro, salvo porque una incomoda idea rondaba su mente, un inquietante presentimiento se apoderaba de su corazón.

Citó a su confidente y hermano para comunicarselo. Pese a su miedo debía ser valiente. Tocaron a la puerta. Dio media vuelta para quedar de frente al ventanal y contemplar la radiante mañana. Puso sus manos detras de la espalda y tomo una con otra. Alzó la vista y miro hacia arriba.

-Pase.-Dijo tratando de mantener una voz firme.

-Buenos días, ¿me ha mandado a llamar padre?

-No perdamos el tiempo en fomalidades por favor.

-¿Pasa algo padre?- preguntó en tono de afirmación

-Esperaria creer, pero siento que... -decia titubeante-

El rostro le cambio, volvio a representar la fuerza de siempre, aunque sus arrugas dejaban demostrar levemente ser más asentuadas.

-Creo que el día, Finalmente ha llegado.

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CAPITULO II: ENCUENTROS

Dolores encontro la ropa embarrada al hacer el aseo. A ella le hizo gracia, pero solo esperaba que doña Antonieta no la hubiese visto antes. El día estaba bastante húmedo, ese invierno fue bastante crudo.

Demian se encontraba en el patio recolectando huevos del gallinero, apresiaba a esas aves, parecian vivir sin preocupaciones y sin culpas encerradas entre esas cuatro paredes. Ellas al parecer tambien lo apreciaban, porque ya no lo picoteaban como antes. Hecho los huevos a una canasta hecha de mimbre. Salio del gallinero y se dedico a caminar por el patio, siguió durante un rato las pisadas de la vaca. Luego se percató de que se le habian ido algunas horas en ello. Comenzó a volver. Mientras contemplaba tranquilamente el paisaje se soprendio al encontrar y recordar algo que creía olvidado, eran unos trozos de madera cortados, con los cuales intentaba hacer muñecos de hombres.

-Mañaná los terminaré. -se dijo esperanzado. El muzgo los tenia carcomidos y podridos-

Cuando llego a su casa dejo los huevos en la cocina. Fue a su habitación a cambiarse de ropa. Luego fue a la biblioteca. Estuvo mirando unos libros de animales. Luego fue donde su madre, estuvieron un momento acostados antes de bajar a tomar el té de la tarde. Demian estaba somnoliento y levemente mareado. Volvio a acostarse a la cama de su madre. Sentia mucho sueño.

¡Ave María Purísima!-exclamó con impresión su madre-

El niño estaba inconciente en el suelo al lado de un charco de vómito.

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La fiebre no le bajaba con nada, las infusiones y las aguas que le habia dado Dolores esta vez no bastaron. Doña Antonieta estaba desesperada. Nesecitaban un médico y ya. No sabian que hacer, todos los que habian en la villa se habian marchado hace ya años, por lo general, una fiebre asi en ese pueblo era mortal. Se nesecitaba una decisión drástica, o abria que decir un trágico adios.

-Confie en mi señora, volveré.

-¡Dolores, no me dejes sola!

Dolores pretendió no escuchar la última órden de su ama, solo corrió, tan rápido como hace ya tiempo no lo hacía. Tendría que sacrificarse, tendria que volver a ver al mundo a la cara. Hacia ya varios años que no ponia un pie afuera de la mansión, pero su pequeño señor lo valía.

Traicionaria su propio juramento.

Los relampagos iluminaron su cara. El trueno sacudio la tierra en toda su inmensidad. La lluvia mojo la cara de dolores. La tierra del patio se habia vuelto barro. El viento parecia mover todo, queria impedir a toda costa lo que iba a pasar. Dolores corrió hasta el establo al final del patio, sus pasos chapoteaban el agua sucia que ensució su blanco vestido, fue un lapso de tiempo eterno para ella, pero solo una exalación para cualquier otro mortal.

Otro relampago cayo, el trueno explotó causando el miedo entre los animales, la tierra se sacudió temerosa. Dolores abrió la puerta del establo con suma violencia.

-Vamos Golden. ¡Heaa!

La llegua se levantó y salio corriendo, Dolores sabia hacer muchas cosas, hasta montar.

No me ganaras esta vez. -se dijo-

Al llegar a la verja se preparaba para bajar y abrirla, pero Antonieta salio de la casa, ella le hizo el favor.

No me falles. -le dijo entre sollozos-

Partió una vez más, el camino era largo, tenia mucho que recorrer y poco tiempo, el pueblo más cercano estaba a 2 horas a caballo. Aparte de eso, a esas horas de la madrugada seria dificil encontrar un médico.

Dolores corrio como un relampago por las calles, sus gritos eran ahora los relampagos. El traqueteo de los trancos de la dorada llegua tenia eco hasta el final de las calles. Más de alguna cortina se movio ante el escandalo, otras velas se apagaron. El viento movia sus cabellos, dobló bruscamente, tomo una atajo, era necesario, atravesaria por el bosque, seria más rapido. Luego el paisaje cambio con suma rapidez, la luz de luna ya no se colaba entre las hojas, Dolores ahora más que orientada seguía corazonadas instintivas, aclaradas por los rayos. Los sauces con sus hojas colgando la cubrieron derrepente, atras habian quedado las calles y sus adoquines, ahora solo debia apurarse para llegar al viejo camino de tierra. La oscuridad del bosque la habia deborado.

Era un frenetica carrera contra un enemigo invensible, el tiempo.

En la casa, Antonieta lloraba con su crucifijo entre las manos, Demian ardia en fiebre y en el bosque, Dolores se encomendaba a su oscuro amo. Cayó un rayo cercano a la villa. La ansiedad de no saber que pasaría le oprimió el pecho. El miedo a no volver a ver a su hijo se volcó como un apretado nudo hacia su garganta, su cara mojada no daba otra cosa a demostrar más que el miedo a volver a quedarse sola, más sola de lo que ya estaba. Bajo la lluvia se arregló el pelo y cerró el portón. Tiempo muerto, nada de lo que hiciese ahora podría cambiar el resultado de las cosas, se jugó el porvenir confiando en otra persona. Las huellas del caballo se borraron con las gotas que caían. Una vez más el destino le arrebataba un pedazo de su vida entera. Se dio media vuelta y retomó la marcha. Abrió la pesada puerta. Avanzó hacia la estufa y echó la leña al fuego, se puso un echarpe negro en la espalda y se sentó a esperar.

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Lejos de aquella escena las luces de una lejana ciudad se apagaban, las cortinas de toda casa decente eran cerradas, una lluvia así volvía aburridos hasta los mismos prostíbulos. El barro de las calles dificultaba los pasos de un solitario caminante que con sus cansadas manos se aferraba a un maletín, solo lo soltaba pasa correrse el pelo de los ojos o inútilmente tratar de secar un poco los lentes. Varios años aprendiendo su oficio, más que demostrarle que en el sur los males comunes se comían los pulmones de la gente, le enseñaron que la profesión que el había elegido era la más indicada para el, se conformaba con un plato de cazuela, o un trozo de pan, cualquier cosa que le diera fuerzas para volver a emprender su marcha de vuelta a casa. Sus manos estaban teñidas de sangre, hacia dos noches no dormía, ni siquiera una mujer lo dejaría tan satisfecho como un suelo seco para de una vez por todas poder intentar descansar. El viento movía los álamos a su alrededor, parecía que a ratos caerían sobre el. Ni la luna iluminaba su sendero, pero el ya lo conocía bien, a su paso cantaban los treiles y se apagaban las gastadas velas. La casa no quedaba tan lejos, solo una hora más de marcha le separaban de su destino. De todos los lugares posibles, tenía que elegir el más cruel. Pero el corazón no se doblega a formalidades, decía el. Bostezó lentamente, como queriendo decir a quien lo viera, que ya no iba a atender. Burbujeaban sus zapatos, estilaba su abrigo. Los árboles le ofrecieron un concierto de sonidos extraños, la mismísima voz de la tormenta, crujidos de troncos que lo único que esperaban era ceder al viento, gotas de agua sucia que caían de las hojas, un verdadero espectáculo que su gastada condición no le permitió oír. Llegó a una bifurcación en su camino, que desgraciadamente le costó comprender, en la penumbra de la noche, en esa masa confusa de barro que algún día fue árido polvo, todo parecía igual. No le importó donde, solo siguió caminando bajo instinto, como lo había hecho ya cientos de veces, como el mes pasado, como la semana anterior, como hace una noche. Sus ojos se cerraban de a poco. El ladrido de ese raquítico perro le indicó que faltaba poco, su somnolencia ocultó lo largo de su marcha, ya estaba en casa.

-Aún no entiendo como te mueres, –le dijo sonriendo al perro- quizás seas tú quien tenga que enterrarme a mi.

El perro se dio media vuelta y desapareció de su vista. Abrió la puerta y adentro e apresuró a trancarla para que el viento no la volviera a abrir, la casa crujía. Se dejó caer en el sillón tal como un saco que cae de una carreta, con un sonido sordo y apagado. Del mueble a su lado sacó una vela y la prendió con los fósforos que estaban desparramados por el suelo. Se puso de pie dificultosamente, se sacó el abrigo marrón que de barro y lluvia estaba negro, sus pantalones los dejó sobre una silla al lado de un bracero apagado, hizo lo mismo con los zapatos y la camisa. Tosió fuertemente y se dio cuenta de que sus manos tiritaban. Se puso su otro pantalón y se cubrió con un poncho. Ya faltaba poco, prendió el bracero con dificultad, respiraba el humo, lo hacía toser, pero peor era respirar ese húmedo y helado aire. Su ropa echó vapor. Se fue a su pieza, y del desastrado velador sacó una bolsa de cuero y una pipa. Volvió al calor del comedor y se dejó caer sobre el sillón, un poco más recompuesto por el tibio ambiente. Entró en un estado de relajo, pero recordar lo que había hecho en su jornada lo mantuvo lo suficientemente conciente como para poder estar despierto unos minutos más. Con sus manos ansiosas toco la textura de la bolsita de cuero, desató la amarra y de dentro sacó su valioso contenido, un puñado de tabaco rubio. Sin dejar caer nada cerró la bolsita y echó las finas hebras dentro de la pipa. No quiso gastar otro fósforo y se dio lumbre con la vela, aspiró fuertemente y contuvo el aliento unos segundos. Consideró que quizás lo que lo mantenía con ganas de seguir haciendo lo que hacia era simplemente el placer de poder fumar escuchando la lluvia. Dejó salir el humo lentamente por su nariz. Se puso a contemplar concentradamente su casa, tal y como lo hacía cada vez que se sentaba a fumar. Las tablas del suelo aun dejan ver los anillos de los árboles que fueron cortadas, igualmente las del techo. En el centro de esa habitación hay una mesa polvorienta, acompañada de una silla. Bostezó largamente y estiró sus brazos, siguió fumando relajadamente de su pipa, disfrutando la recompensa de un trabajo bien hecho. Sus brazos reposan sobre los del sillón, su cabeza reposa hacia atrás, roza sus pies descalzos entre ellos mismos, tratando de calentarlos un poco, están cercanos al bracero. La luz de la vela no alcanza para iluminar todo. Como si le molestara, con un brusco moviendo del brazo apagó la vela, quedando solo iluminado por la rojiza luz del carbón, después de un rato sus dilatadas pupilas le permitieron ver con claridad. Cuanta quietud dentro de esa casa, pese al estruendo de las gotas golpeando sin piedad las tejas del techo. Se llevó la pipa a la boca, chupó la boquilla si tragarse el humo, para que el tabaco tuviera mejor combustión, con el humo se dedicó a hacer argollas blancas y fragantes, que a medida salían, lentamente se iban flotando hacia el techo, una tras otra se mezclaban con el humo del bracero. Se sintió un poco mareado, no por el tabaco, sino por la quietud que lo envolvía, dejó la pipa encima del mueble y se durmió. Afuera no dejaba de llover.

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Sus ojos se dieron vuelta hacia atrás, estaba perdido en un mundo irreal, victima de falsos pensamientos, perdido en su mente. Logró visualizar una casa, entre un bosque, una casa de madera, con un techo incompleto, por el cual entraban cálidos rayos del sol, el estaba dentro, sentado en una silla, mirando por una ventana, veía a lo lejos a muchas personas tomadas de las manos, cantaban algo que no podía entender, entre ellos una novia entraba en una casa de piedra, se colaba de pronto por el techo aprte del sol, la sombra de las hojas que caían de los árboles, inevitablemente su pechó se apretó, se ahogaba mas no podía moverse, unas manos no lo dejaban respirar, unas manos tomaban las de él para salvarlo, mientras otras trataban de matarlo, se sentía encajonado, fuera de lugar, sentía miedo, sentía que algo le querían arrebatar, tal como las otras veces, un grito mudo salió de su garganta, se le enterraron unas uñas en el cuello y otras le rasguñaron las manos, su pecho se abrió, una brutal explosión de carne y sangre expelió un grito que desgarraba sus oídos, un sonido de ultratumba, un chillido infernal, su propio grito, finalmente, algo salía de su pecho, algo se iba, él solo se quedaba con la cabeza colgando por sobre el espaldar de la silla, deseando despertar sin saber que un sueño lo atrapaba, deseando desangrarse hasta morir.

Cuando abrió los ojos su frente estaba empapada de sudor frío

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Tres bruscas patadas en su puerta lo despertaron, saltó nerviosamente de la impresión, su corazón se aceleró tanto como si hubiese estado corriendo, calmó sus manos, miró extrañado hacia la puerta, tuvo un mal presentimiento, un horrible presentimiento, pensó en poner seguro y no abrir, no lo pensó dos veces, abrió la puerta, el viento empujó de un golpe hacia atrás, sintió el frío en todo su cuerpo, cayó un rayo y las luz lo encandiló, una silueta de mujer fue todo lo que pudo distinguir.

- ¿¡Doctor Lhester!? -Gritó para que se oyera su voz por sobre el viento-

-¡Sí soy yo, que la trae por aquí! –Sintió una inevitable desconfianza hacia esa mujer-

En ese momento el trueno rompió detrás de los cerros, provocando un eco colosal a lo largo de la tierra, la casa crujió desde las vigas a las ventanas. Lhester se agarró del poncho y miró hacia arriba un tanto asustado.

-¡Un niño muere de fiebre, acompáñeme, se lo ruego!

El corazón no se doblega a formalidades, se sacó el poncho y se puso su abrigo marrón, tomó el bolso y siguió a Dolores que ya estaba sobre la yegua. En su andar dejaban huellas que eran borradas por la lluvia, los gritos de Dolores, el galopar desesperado y el agudo relincho fueron tragados por la niebla y la noche…

Lhester en algún momento sintió miedo por la posibilidad de que aquella inmensa bestia los tumbara a ambos, mas Dolores montaba con tal dominio a la yegua, que llegó a sentirse confiado, aun así no la soltaba de las caderas. Se dedicó a observarla, sus expresiones se veían duras y decididas, su rostro revelaba angustia y rabia, se mordía los labios, esto dejaba a la vista su ansiedad, tan concentrada en el galopar que Lhester pensó que ya se había olvidado de él.

-¡¿Qué tan grave está el niño?! – Gritó ya que a penas escuchaba su voz-

-¡Grave señor, lo encontramos inconciente en el suelo, le di infusiones de hiervas pero no ha reaccionado!

-¡¿Hace cuanto esto?!

-¡Media hora!

-¡¿De donde viene!?

-¡De La Ultima Villa!

Lhester se sorprendió, pensó como sería posible que aquella mujer en medio de tal tormenta hiciera en 30 minutos un viaje que usualmente tarda una hora y media

-¡Señorita, ese niño puede llevar horas ardiendo en fiebre, y a Ultima Villa es una hora y media, cabalgar con esta tormenta puede ser peligroso…

-¡Llegaremos maldición! –Le clavó el grito y miró a Lhester directamente a los ojos por primera vez, sintió miedo, esa mirada ya no era la de antes-

Fueron un relámpago por todo el camino que restó para llegar al bosque. La ciudad quedaba muerta a sus espaldas, los pájaros nocturnos custodiaban su viaje, nadie jamás se percató de que pasaron por ahí, el la nublada noche fue testigo de aquel primer encuentro.

-¡Doctor, si vamos por el camino demoraremos demasiado, iremos por el bosque!

-¡¿Qué?! –Disfrazó su no con una pregunta-

-¡Así lo haremos! –Gritó en forma imperativa-

-¡El bosque es confuso aún de día, con esta tormenta nos perderemos, no hay nada que podamos hacer, nos perderemos y podríamos caer en cualquier momento del caballo!

-Así se hará –Dijo Dolores tres veces en su mente-

Lhester solo cerró los ojos, se aferró a su maletín y a Dolores, confiando ciegamente en que nada les pasaría, la tormenta no se detenía, seguía cada vez peor, estaban ambos empapados, Lhester sentía el frío en la cara, sentía dolor, tal como si se la cortaran con bisturís, como puñaladas. Al llegar al comienzo del camino, la yegua saltó un arroyo para internarse en el bosque, corría, corría desesperada, corrieron los tres como nunca antes lo habían hecho. El bosque los recibió con una oscuridad impenetrable, el barro subía junto con el agua y succionaba las patas de la yegua, aun así no le restaban velocidad. El Doctor escuchaba como las ramas le pasaban por el lado de las orejas, la oscuridad en la que estaba sumido se parecía a la de sus sueños, a su alrededor, una opera gutural de ruidos nocturnos se lo iba comiendo, los zumbidos, el canto de los treiles que huían del galopar violento de Golden, los truenos, la lluvia, el inclemente viento. Los movimientos cada vez más violentos, los saltos cada vez más bruscos, cada vez más rápido el galopar, era como una huída enfermiza, como una pesadilla. Dolores solo se preocupaba del camino, tiraba las riendas de la yegua para que esta esquivara troncos, para que saltara ramas. En la negrura de la noche, en la confusión de la tormenta, era difícil saber donde iba, solo se dejó guiar por él. A ratos tenía noción de lo que la rodeaba, la luz de los relámpagos le alcanzaba para ver que estaba completamente perdida. Detuvo a la yegua de golpe, miró a su alrededor, izquierda, derecha, hacia delante, tratando de encontrar una señal, un trueno se escucho explotar a lo lejos, Dolores cerró los ojos y comenzó a susurrar, su corazón latía cada vez más rápido, miraba a su alrededor, susurraba, su pulso se seguía acelerando, el viento movía los troncos. Abrió repentinamente los ojos…

Corrió, corrió, en línea recta, el bosque se les comenzó a abrir lentamente conforme avanzaban, Dolores vio a lo lejos una pequeña luz, tuvo esperanza, faltaba poco.

En el bolsillo de Dolores, el reloj seguía corriendo, a ratos se aceleraba, mientras el corazón del pequeño Demian, cada vez iba más lento. Lágrimas por mil lloraba Antonieta y se comía las uñas hasta sacarse sangre de los dedos, esperando el golpe del portón, las pisadas de la yegua acercarse, esperaba que la puerta de abriera y que por ella, pasara alguien, cualquier persona dispuesta a salvar la única vida que quedaba en su vida. Lhester nervioso, a ratos con los ojos cerrados solo pensaba en que aquella desesperada carrera terminara, para hacer lo había nacido para hacer. La luz estaba a unos cuantos metros. La luz del relámpago lo dejó ciego, y al romper el trueno el tiempo se congeló para todos, el niño se ahogaba en un gemido, carcomido por las alucinaciones de la fiebre. La yegua saltó, mientras el eco, aterrorizaba a cualquier bizarro despierto a esas horas, a la par de las gotas golpear con fiereza los charcos, cayeron las patas, el niño grita. Pararon frente a la puerta y Lhester se apresuró a golpearla mientras Dolores iba al establo rápidamente. Se abrió el umbral, por primera vez en años a un desconocido. -¿Dónde? -¡Por aquí¡ Subieron corriendo como el infierno, ella apuntaba la habitación, el se apresuraba a entrar y a cerrar las puertas tras su espalda, en tu nombre, se gritó desesperadamente a sus adentros. El ruido del golpe inundó toda la mansión mientras Antonieta se ahogaba en sollozos y lágrimas, dejando caer sin darse cuenta su echarpe negro. Primera campanada, anunciando que el momento había llegado. Segunda campanada y Dolores abraza a Antonieta. Tercera campanada, Lhester suda fríamente. Cuarta campanada, relámpago en el cielo negro, trueno corriendo violento por la tierra muerta. Quinta campanada, Antonieta se persigna. Lhester se saca su abrigo para examinar al niño. La imagen es vil, punzante y ácida. El niño con los ojos blancos, en una cama llena de vómito amarillo. Sexta campanada, de la garganta de Demian sonidos guturales son expelidos. Lhester saca una jeringa, y prepara la inyección. Séptima campanada Dolores maldice. Octava campanada Lhester se muerde los labios. Un silencio sepulcral lo invade todo. Novena campanada, la lluvia se detiene y a lo lejos, canta un pájaro. Los músculos de Lhester se endurecen del temor de haber llegado tarde una vez más. Décima campanada, como un zarpazo en el alma. Antonieta llora, Dolores cierra los ojos, Lhester observa petrificado. Demian se está quieto. Décima primera campanada, silencio total. Décima segunda campanada, ya es hora.

Rompió el silencio de la casa el vaso con agua que botó con el brazo. El niño, tras una batalla a muerte con el mismo, la primera de su vida, se levantó del catre tambaleando y tiritando de frío, al mirarse al espejo se encontró más pálido de lo que nunca se había visto, tras lograr arroparse se llevó la mano a la cabeza, decidido de una vez a salir de la pieza que lo atormentaba, apresuró de nuevo su marcha, mientras sus ojos de a poco se cerraban, mientras su vista paso a paso se tornaba más negra. Los sonidos lentamente se le alejaban, hasta el punto en que solo le parecían ecos.

Que dulce fue el momento en que se rindió una vez más al sueño que tanto quería resistir, su cuello se fué hacia atrás, dejándole ver por unos cuantos segundos el techo de la casa, luego alguién venía corriendo hacia el, quizás para recogerlo, los peldaños de la escalera fueron lo siguiente. Que dulce melodía hacen las imágenes cuando se les ve más lento. El coro comienza a cantar:

"...Todo todo todo se degrada Demian, cantamos las voces de un millón de vírgenes a coro.
¡Nada dura nada, todo muere todo!

El Carrusel infernal dará vueltas eternamente querido amigo y un ejército de exorcistas bailan al ritmo de la zamba en la esquiena, beben tequila y se emborrachachachachan, todos bailamos, todos bailamos para ti, esperamos este momento querido amigo, tus cerdos, tus vacas, tus pollos, todos los que tienes y todos los que nunca tendrás.

Qué más dulce que las depresiones, que más tétrico que los viejos amores, que más peligroso que una mujer despechada, que más irónico que marcharse a morir por la patria hijo mío, morir por otros y dejar solo a los tuyos, que más estúpido que el estúpido que esta orgulloso de serlo.

Toma nuestros arcoíris, tomálos, y en tu caballo blanco correlos, porque bajo el sol de la india, nueve de abril hay uno solo, además no te olvides de comer camarones, proque Dolores está preparando la leche.

¡La leche Demian la leche! Mil mamaderas desendemos para alimentarte, mil mamaderas, de mil vacas lecheras, con mil pailas de huevo y cazuela en bolsas de vidrio. Llueve lloverá para siempre, hasta que te ahogues, hasta que la lluvia se lo lleve todo, o hasta que todos aprendan a leer y a nadar, o a tomar agua y a remar con cucharas sobre libros rojos. ¡Cuicuicuipipiriprin ponpin!

¿No te parece hijo mío? ¿No te parece sobrino? ¿No te parece hermano que buenas estás las manzanas en la esquina?

-Al parecer, está delirando. Quizás otra inyección en el ojo azul, de seiscientos quince milígramos de piroxilinotina verde le ayude a reducir la hinchazón del lóbulo maxilar de la boca en el cráneo, eso si que le hará bien.

Y los colores se degradan a negro y entre arcoíris rodeados de cerdos y gallinas.

CAPITULO III: DESTIERRO

Sentado en las escaleras afuera de su casa, Demian contemplaba el horizonte, queriendo pensar cosas serias, pero no era el momento para tal esfuerzo. Sus deseos de estarse quieto en cuerpo y mente le ganaban. Aún tenía pesadillas con la noche en que casi, como el mismo lo dijo, estiró la pata sin intención de volver a recogerla. Su primera, entre varias, experiencia cercana a la muerte es ahora motivo de risas, pero en la noche, cuando no tiene más remedio que rendirse a su almohada, vuelve aquel miedo tan básico de dejar de existir. Lejos están los días en que se paseaba por el patio para ir a hablar con los animales. Ahora más bien, lo hace para examinarlos. Los treiles huyeron aterrorizados del palo que arrojó con fuerzas a los pastizales. Su sueño frustrado es tener un coro de aves nocturnas que le anuncien la hora de levantarse, por ahora solo se contenta con el viejo Maxito que cacarea ronco en las mañanas. Luego de entrar subió a su pieza y repasó unos libros previamente adquiridos de la pieza de doña Antonieta, para repasar contabilidad. Algo demasiado simple como para tenerlo ocupado mucho rato. Al terminar, abrió la ventana, se lió un cigarrillo y salio al balcón, apoyó sus codos en la baranda.

-Horrible. Se corrigió, le faltaba mucha práctica. Se lo fumó lentamente, dejó la cola en un vaso, volvió a la pieza y se echó sobre la cama.

Cada vez que Lhester volvía a la casa, Demian se iba decidiendo un poco más a preguntarle como carajos lo había salvado de la pulmonía fulminante que se pescó por quedarse con la ropa mojada la vez que se cayó al charco, pero se entusiasmaba tanto con sus clases que se le olvidaba por completo hacerlo cuando podía. Se imaginó por un momento cosiendo la herida de una puñalada en un brazo, pero aún le quedaba mucha teoría que aprender antes de arrojarse de cabeza a parar hemorragias y a preparar menjunjes para la tos o los cólicos. Su padre estaría orgulloso de enseñarle cicatrices y contarle como le habían cauterizado las heridas de guerra con el calor de un fusil. Obviaría la parte de la anestesia a base de agua ardiente y pólvora, pero eso solo sería un detalle.


Lhester en su casa se preguntó el por qué de su oficio, el por qué salir todas las noches a recoger a los mismos borrachos de siempre, en las mismas miserables cantinas, a separar a los mismos decadentes de siempre que se peleaban por un vaso de vino derramado o el amor no correspondido de alguna puta indiferente.

-Supongo que seguir haciéndolo me ayudará a encontrar una respuesta.

Se arremangó la camisa, se lavó las manos en una batea de lata, se las secó con un saco de harina y se dispuso a limpiar sus herramientas. La jeringa sangrienta le costó bastantes remojos, pero como tenía otra que más le iba a hacer. Afiló el bisturí con la piedra que le había obsequiado la señora Juana, a la que ayudó cuando parió su vaca. Cortó unos pedazos de saco para utilizar a modo de gasa, tocó la bolsita de cuero en su bolsillo y se percató de que estaba vacía. Mierda, cualquier cosa menos esto, regañó entre dientes. Tendría pronto que darse un viajecito a comprar frasquitos de penicilina y con lo que sobre algo de tabaco. Que terco, podría comprar del barato, pensó.

-Lo que me fume ahora no me lo fumaré mañana. Patrañas, quiero ahora, no mañana.

Y guardó el resto de sus implementos en un improvisado bolso. Se acercó a la ventana. Meditó unos momentos, luego se encontró hablando con el gordo.

-Hola Manuel. Si llueve como la puta ¿Poco? Están locos ustedes, no comprendo como se acostumbran a esto, mira estilo como un alma. ¿No te molesta como mojo el suelo? Ah, evidente. Oye, recuerdas que el mes pasado, ah si te acuerdas. Entonces dime ¿Cómo fue el viaje? Ah si, supongo que debe hacer calor en el norte. Y entonces ¿Lo conseguiste? Oh dios gracias, pero de todas maneras es poco lo que compraste. ¿Subió? Demonios, no contaba con eso. Oye compadre, como tu conoces tanta gente, te habrás topado con alguna chiquilla que quiera trabajar ayudándome. No pues, para eso contrato a cualquier vieja de acá. Necesito alguna chica que quiera aprender y que no cobre tanto de todas maneras que ando escuálido de pesos. Sabes, sinceramente dime ¿Somos amigos cierto? Si, tu también a mi. Y tú sabes en que lo que me desempeño no se paga mucho, pero me sacrifico por la gente a pesar de eso, no soporto la idea de que alguien se muera por falta de una simple inyección… Entonces Manuel, hasta tú mamá fue atendida por mi una vez y eso dijiste que me lo agradecías mucho, yo a ti te valoro y respeto Manuel, eres muy cercano mio.

Apoyó el codo sobre la mesa y se le acercó al oído para hablarle en voz baja.

-¿Podríamos llegar a un acuerdo con este precio entonces? Pues me he quedado corto de penisilia y mis jeringuillas, pues de ellas ni hablar. Gracias hombre, sabía que me comprenderías, es así como se forjan las buenas relaciones, a base de respeto y favores mutuos. ¿Somo amigo o no somo amigo? Si pues que si. Aquí está lo de esto. Lo guardaré ahora en mi maletín, no quiero que se me caigan, no, no, eso no. Y sabes, también se me acabó el tabaco ¿A cuánto lo tienes? Ay, pégame un mangazo en el hocico a la otra. Ja, emm, ¿Hombre me lo dejas más barato? Vamos, que si no no ando, aparte. ¿¡Cómo que nunca te lo pago!? Asi, pero esa vez tu sabes lo que me pasó, esta vez si te lo pagaré. Vamos, te daré todo lo que me queda por la bolsita y el resto la semana que viene… Eres un tacaño ¿Lo sabías? Como no me lo vendes más barato hombre, solidariza con el prójimo. ¡¿Ah?! Mira eso díselo a otro cabrón, a mi no me vengas con eso, ¡Vete a la mierda Manuel! Y sabes que más, ni te pienses que te ayude de nuevo, me estás viendo la cara con eso cabrón, me descolocas ¡Me descolocas! Y sabes que más, te digo y solo te digo que es peligroso forzar a un médico trasnochado porque podría explotar. Si, voy a explotar. ¡¿Qué?! Cabrón…

Tras volverse cerrar la puerta de un portazo volvió a entrar.

Y ahí tienes las jeringas y la plata ahora dame esa bolsa… Será hijo de puta…

Pero al probarlo se dio cuenta en que se había gastado la diferencia, daba igual, pasaba lo mismo cada vez que iba a comprar.

Luego se puso su abrigo y se fue a la Barca a beber, a pensar aun más sobre la viabilidad de su actuar. La misma caminata de siempre, el mismo barrial. La misma mesa.

-Una enfermera me vendría bastante bien, alguna que supiera diferenciar una vena de un nervio. –Se rió para sus adentros y se tomó el vino al seco, dejando caer con violencia e ironía el vaso sobre la mesa. ¡Otro!

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- ¿Trancaste la puerta? Bien. Se acercan malos tiempos. ¿Sabías que existimos como parroquia gracias a esto? Pues es así. Una en cada lugar donde hayan llegado inmigrantes en los anteriores ochenta y nueve años, tomamos sus datos, les preguntamos el motivo de su llegada, los seguimos en la misa, hablamos con ellos, comemos en sus casas y cuando estamos seguros de que no son los que buscamos, los dejamos de lado, rayamos su nombre en la lista, enviamos un informe y comenzamos de nuevo. Sospecho de esa casita. Esa casita, hay veces en que no me deja dormir imaginando que se mueve dentro. Ella viene a misa, se confiesa, reza y se va. Pero nunca ha traído a su hijo, ¿Por qué? Si pudiera respondérmelo ya estarían rayados, eso es lógico. El día se acerca, y si de mi dependiera estarían procesados hace rato, pero las órdenes vienen de arriba. ¿El motivo? Sé que si buscamos, técnicamente deberíamos buscar intensamente, pero considerando que los que tenemos que encontrar son los menos, nuestros métodos no pueden ser tan invasivos, pero eso es ineficiente sin dudas. Si, yo también pienso que hace tiempo que nuestras pesquisas no arrojan los resultados deseados, pero eso no es nuestra culpa, estar en este pueblucho de mierda jamás lo elegí, me derivaron dicen ellos, yo le llamo exilio donde no pudiera molestarlos. Pero aún así, si me derivaron acá es para que cumpla una función, que irónicamente ellos mismos entorpecen. Disculpa, considera esto solo pensamientos en voz alta. Necesitamos otra clase de métodos, no podemos sacar espinas con tenazas a lo loco, necesitamos pinzas, pinzas finas ¿Comprendes?, no, no contestes, sé que es así y espero también acción, que estas palabras no caigan en saco roto. Una vez que este pueblo esté tachado entero, podré estar tranquilo. Considera que vemos caras, no corazones y que aquellas viejecillas que hieden a mierda de vaca acá rezan, pero nadie nos dice que hacen en sus casas. ¿Exagerado, yo? Claro, dices eso porque a ti no se te ha presentado preámbulo de este, no diré secta para que no suene precipitado, pero si grupo de comportamiento indebido. Siéntate. Abre el paquete que hay encima del escritorio, no por nada olía tan mal aquí. ¿Ves ahora? ¿Son esas solo suposiciones? Pues no, evidentemente. No, no me da nada tenerlo aquí, a nosotros nos protege una entidad más grande. ¡Mira como se pudre la carne al servicio de la maldad! Curiosamente ninguna de esas larvas se ha abierto aquí adentro. Que asco. Ese ojo es de vaca, lo se por su tamaño. Y mira esto. ¡Pues claro que me da asco tocarlo! Mira lo que tiene dentro. No, aun no lo se. Pero lo horrible es que esta bola de pelos se movía. Pues, este encargo estaba aquí en mi puerta esta mañana y no sé quien lo haya dejado aquí, ¿Ahora me crees? Pues quien se haya molestado en derramar sangre para esto definitivamente no está muy contento con nuestra presencia. No, no ha sido primera vez, anteriormente fue un pajarillo sin cabeza ni vísceras y completamente ensartado por agujas oxidadas, ¡inmorales, utilizando las creaciones de nuestro señor Jesucristo para sus retorcidas payadas! No, aún no lo he comunicado ¿Y sabes qué? tampoco pienso hacerlo, lo único que harán será enviarme un informe con citas bíblicas para darles una larga y tediosa cátedra a nuestros feligreses. Estaba desesperado y anoche pedí orientación divina. Si, se me presentó una señal bastante claro. En sueños se me apareció una hermana de blanco con una espada a su diestra apuntando con ella el cajón que tenía bajo llave hace años ya. Pues ahí guardaba viejos cachivaches y ya lo había olvidado, también estaba guardado esperando hacer su aparición para interceder por nosotros en una situación así, este aliado de nuestra causa. No quise creerlo a la primera, pero cuando me levanté a rezar y pronuncié las palabras “Gracias Dios mío, tu sabiduría y sapiencia es infinita” el cerrojo se abrió solo.

Esta misma noche me paro bajo la virgen a hacer guardia y quien venga apurado a rezar y ante mi presencia repentinamente cambie de parecer y se de media vuelta, se llevará un tiro y antes de que el maldito se desangre le sacaré como sea quien nos hace esto. Ellos no están jugando limpio, pues yo tampoco lo haré. Dime ahora mismo,

¿Te me unes o presentaras tu denuncia?

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Lhester ya bastante pasado de copas salió de la barca y se fue mirando a las putas paradas en la esquina una por una, iba suponiendo sus precios restándole las arrugas y el olor a axilas pegadas. Le daban asco definitivamente, pero no podía evitar que pasaran por su mente las payasadas que le haría a las putas, pensando en como se lo mamarían con esas bocas sin dientes.
–Pero en fin, algo hay que hacer para pasar la volada de vino y aguardiente, suculenta once.

El camino se hacía largísimo, la noche se lo iba comiendo en la lejanía, los árboles danzaban a su alrededor y el viento le devolvía los gargajos en la cara, pero que se le iba a hacer. Lentamente comenzó a aparecer una silueta conocida en el horizonte, de alguien que conocía muy bien, a la orilla de una zanja mirando muy impresionado algo.

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Dolores cortaba leña a la luz de una vela, pensando en su pequeño nieto, cuando llegaría finalmente su tiempo, y más importante aún, si podría ayudarlo.

Doña Antonieta se encontraba en su pieza durmiendo placidamente tras un antifaz viridia.

Demian deambulaba revisando floreros bajo la escalera y espiando de a poco la puerta en ella.
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Cabalgaba rápidamente un caballo saliendo de una hacienda lejana, en medio de matas se iba arrancando de la casa, mirando hacia atrás por si alguien los seguía, sus manos pequeñas agarraban las riendas como manos vírgenes a ubres de una vaca lechera. Llevaba todo en su bolso y partió hacia donde la maldad guiaba. Quizás por Juego, Quizás por verdad. Nunca sabría si lo que estaba por ocurrir era descuido, azar, accidente o cerradamente destino, pregunta que se repetiría cuando vestida de blanco esperara respuesta de un pedazo de fiambre. Pasó por el pueblo y tomó el camino, hasta que el caballo se para brusco y, ella, se va directo contra el cerco de púas.

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Abría lento y discreto la puerta. Olvidándose por completo de la que estaba en el patio, las llaves las encontró en un florero en la cocina, oxidada por el moho y el agua, algo podrida, pero aun funcionando al fin y al cabo, repasaba el plan en su mente, solo una pequeña mirada, no sabía que artilugio se podría encontrar, lo cual lo hacía infinitamente más atrayente.

Penetraba el candado con la llave, y con un chillido, duramente procedió a girarla. El candado hizo un ruido orgásmico al liberarse de tantos años cerrado. Abrió la puerta rápido y la cerró tras si. Al estar dentro prendió un pedazo de vela, asqueado por el olor a encierro y podrido comenzó a avanzar entre telarañas, tocando las paredes sintiendo lo poroso de los ladrillos, era un corredor un tanto corto que luego comenzaba a bajar, curiosamente a diferencia de lo que esperaba no se encontró ni con ratones ni con abundantes alimañas.

Estaba parado frente a una puerta de tablas bastante roñosa, al abrirla se encontró con cajones desparramados por el suelo y dos libreros algo atermitados, rociados de pulchén, pero bastante cargados con libros viejos.

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Le pasaba un alacrán por la cara sin que se diera cuenta, estaba a solo diez minutos de llegar.
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Sí, definitivamente era el, el perro, algo tiritón, pero no había duda de que era el perro echado bajo un sauce llorón, la oscuridad, sus pupilas borrachas le permitían ver en ella.

-¡Me cago en la puta!

Corrió angustiado, el perro le sangraba en los brazos, tenía la lengua afuera y morada entera se retorcía como lagartija.

Si, definitivamente te jodiste hijo de perra, te dije que te quedaras por la mierda, cuando el alarido lo interrumpió…
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Sin saber donde estaba su chiquillo, Dolores se fue a acostar.
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Santa Guada, que eran esos libros, medicina, medicina, registros de taxidermia, de autopsias, procesos médicos, composiciones químicas, alquimia y registros de contabilidad. A sus adentros pensaba que de quien sería eso, cuando recordó los cajones, telas, muchas, polvorientas, apolilladas y harapientas. En tres de los cajones solo encontró candelabros rústicos y oxidados y las telas. En el cuarto encontró un par de cuchillos y hojas de papel en blanco, bajo el cual se sorprendió al encontrar un bisturí, tijeras, pinzas, agujas e hilo. Cuando la vela se le apagó sintió miedo, se dio media vuelta y comenzó su carrera para volver a la fresca superficie, se agitó, respiraba rápidamente, cuando se caía gateaba, y cuando finalmente salió de la escalera fue para desplomar, se sintió como otra persona, en otro tiempo, huyendo de alguien, persiguiendo a alguien.

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Sintió a alguien estar gritando cerca y entre el desmayo y el dolor de su cara desfigurada saco fuerzas viscerales y moribundas para poder gritar, sin abrir los ojos se dio cuenta de que el se acercaba.

Sintió que alguien se quejaba y trató de ponerse serio y sobrio para alcanzar a ver lo que ocurría, una mujer lloraba metida en el barro de la zanja. Mierda… Cuando se acercó a verla le vio las heridas, estaba jodida, igual que el perro, entre gritos y todo, incluso arañazos la sacó al camino, le preguntó su nombre pero no contestó, señalaba al perro y algo decía, pero entre balbuceos y mocos de llanto profundo no se le entendía nada.

-Y ahora que chucha hago, por la cresta, no, reconchesumadre el maletín, cágate Lhester imbecil de mierda el maletín, se me quedó allá, voy a tener que volver.

El pánico lo bloqueaba, creía que si llegaba alguien lo acusaría por lo ocurrido, no le quedó más opción segura, la tomó en brazos y la llevó a su casa, entre gemidos y llantos fue un viaje infinito para ambos, pero una vez en casa ya podría hacer algo al respecto.
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Ecos, ecos y una voz lejana maldiciendo, ¿Estaría muerta por su falta de juicio? Como si le mordieran cada fractura y se la jalaran hacia el suelo se sentía mientras sentía que flotaba en los pasos de alguien. Solo veía manchas blancas antes sus ojos, y un chorro de sangre le hacía hervir la cara, como morir fue que la dejaran caer sobre aquella superficie tan blanda y como volver a morir fue recuperar la conciencia.
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Lesther abrió la puerta de una patada como era costumbre y apenas equilibrándose se dirigió hacia el catre para dejar a la magullada joven sobre el colchón lo más delicadamente posible, al parecer creyó tirarla, pero solo sería su imaginación.

Tijeras metálicas y adrenalina serían lo siguiente. Cortó su vestido gris con un cuchillo, le dio a beber aguardiente para anestesiarla un tanto, le tomó un brazo y se lo volvió a su lugar, tendría que quitarle el corsé, al parecer tenía una costilla quebrada, le abrió las telas con una tijera para evitar moverla más de lo que había hecho ya.

Se sentía frustrado, no sabía si borracho iba a poder salvarla, tomó a su virgencita que tenía tirada bajo el sillón y rogó salvación a cualquier cosa.

Le puso una mano en un pecho, desprendía un grito la chica, pero él fríamente la movió hasta que se escuchó un crujido, transpiraba frío, al parecer ella no dejaba de quejarse, eso demostraba que no estaba tan muerta, una pequeña calma. Luego llenó Lhester la batea con agua del poso para lavarle las heridas llenas de tierra y sangre seca, sacó de las llagas abiertas trozos de roca y pasto, las lavó una por una, no podía desconcentrarse o su chica podía tomar una infección, perdió la conciencia ella, dejó de hacer todo ruido su rostro pálido, su pelo hacía rizos de mocos y sangre, sucio por el barro, pero dejando dos líneas limpias sus lágrimas. Trajo Lhester algo de hilo y una aguja, habría que cocer con el peso de su alma esas hermosas heridas, habría que suturar ese cuerpo hermoso y débil.

Como si se lo hubiese hecho el mismo, cada punzada le dolía, imaginaba la sensación de perdición de ella, sentía ese pinchazo en el espinazo, sobre la cadera, se imaginaba como sufriría ella. Tras no dejar carne abierta Lhester se detuvo a escucharle el corazón de cerca y se percató que la tenía desnuda sobre ese catre, le trajo una frazada para taparla. Aun no amanecía y ella no recuperaba el conocimiento, Lhester se paseaba de lado a lado pensando en si viviría o no. Se fue a buscar más agua para volver a lavarle las heridas.

Lloró para sus adentros y luego se le salieron las lágrimas, no podía creer que su irresponsabilidad y sus vicios le impidiera cumplir lo que había prometido al largarse, casi perdía a una pequeña chiquilla por el trago, no la dejaría morir y si muriese el se iría con ella para alivianar la sensación de culpa y malestar que le salía de la garganta.

Salió unos segundos afuera y tambaleó en arcadas, apoyado en el frente de la casa se puso a guacarear todo lo que había bebido, manchas de bilis y vino caían entre sus pies, se limpió con la manga y fue a la pieza a ver a la niña, movía una mano ligeramente, cuando Lhester le tomó la frente y se acercó a escuchar lo que musitaba, un murmullo moribundo le dijo: Fé…

Que tenga fe. Maldición no puede ser. Rompí en llanto cuando escuché esa palabra, viéndola morir frente a mi.

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Ni que lo supieran, satánicos mal paridos, refunfuñó entre dientes tocando el rifle y volviendo a entrar porque ya amanecía.
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De ojos abiertos estaba Demian tratando de dormir cuando le pegó el rayo de sol en su cara.
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Dolores se preparaba para levantarse cuando pensó en si de verdad podría cumplirse aquello de lo que no volvió a hablar con nadie después de quien amaba enloqueciera, dejándola sola a cargo de un pequeño mundo y una gran huída.
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CAPITULO IV: UN DOMINGO EN LA IGLESIA

Se preparaba para irse a misa la niña, con su más lindo vestido y su mejor cara de tonta, dispuesta a escuchar moviendo sus zapatitos blancos e imaginando cochinadas de virgen.

Antes de que sonaran las campanas su madre ya la llevaba de la mano para la iglesia, gente decente aún había en Quilleco, pese a lo que las malas lenguas digan. Aprovechar los días de verano para quedarse estudiando la Biblia para luego irse a bordar con su madre. Bajo ese gorrito blanco se contrastaba con unos ojos caídos y una cara de media muerta, indiferente a la viejecita con el bastón, la muleta y el rosario. No importaba cuanto lloriqueaban las otras voces, el Amén de Felisa, nunca sonaría más sincero que el que ya fingía.

Don Faustino, a otro Lhester conocía, no más al que no se afeitaba, se emborrachaba con vino y que luego le escribía poemas a las putas en una servilleta, conocía al recatado médico que fue capaz de salvar la vida de su hija aquella noche en que secretamente salía a cabalgar. Sentados en despacho con sillones de cuero hablaban sobre el tabaco, sobre extranjeros y sobre lo miserable que se estaba volviendo el pueblo. No faltaba mucho para que dos de las familias más aisladas de Quilleco se conocieran por un amigo en común, solo faltaba un pelo para que la pasión y la tragedia comenzara, un domingo en la iglesia.

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Doña Antonieta tosía como nunca, costumbre y seguido a esto ella se iba a refugiar a la parroquia, donde le rezaba a cuanto santo conociera, desde Vírgenes hasta uno que carga un racimo de uvas. Demian, acongojado por ver tan miserable a su madre la acompañaba, se sentaba junto al saco de huesos y polvo que se había vuelto doña Antonieta.

Sentada la chica en la banca del frente al lado de su madre, era cosa de un segundo en que sus miradas se encontraron, se desconocían, ambos habían ido un par de veces a escuchar a algún sermón para sacar de paseo o acompañar a un vejestorio. Un rayo le llamaría años más tarde, cuando de cabeza parecía estar todo.

A la salida sus madres se saludaron, ellos estuvieron a solo dos pasos, pero ella parecía no estar en ese lugar, parecía que su mente se había quedado en casa. La mano de la fina chica mostraba unas profundas cicatrices y en su mente revivió la conversación con su tutor, Lhester cuando la miró a la cara.

“…Iba caminando, como ya te lo dije, en la noche, para variar borracho cuando vi que el perro estaba parado al medio del camino, sin saber por qué, el muy pelafustán me siguió hasta ahí, se desplomó y cuando lo sostenía la vi, estaba bastante magullada a la orilla del camino, me desesperé al verla, ver a una mujer así es algo que no le desearía a casi nadie, de su boca salían ruídos como de un animalito perdido, boqueaba como un pajarito en las últimas y lo más escalofriante, de repente soltaba unos ruidos como de vaca muriéndose en parto. Horrible, me la llevé a la casa para atenderla. Finalmente cuando vi que no se iba a morir, o que al menos dormía me fijé en como se había desfigurado ese cuerpo y que por no haber estado sobrio casi se me murió en los brazos, Demian, si llegaras a seguir mi camino, por favor no lo hagas de la misma forma, tómame en serio cuando te digo algo, por que no solo te lo digo como tutor, sino de hombre a hombre, no pierdas alguien por irresponsabilidad, ahora cargaré en la conciencia que quizás dejé marchito el cuerpo de aquella niña. Sus padres la estaban buscando, se fugó en la noche de su casa, los encontré a ellos, Manuel conoce a bastante gente, y me dijo que Don Faustino se llamaba su padre, como no podía moverse de lecho en donde descansaba mandaron a tres criadas a cuidarla a mi casa, yo mientras tanto me quedé en la casa de sus padres y la íbamos a verla cada tarde.

Cuando la boca se le deshinchó pudo darme las gracias y decirme que cuando iba ella a caballo pisó al perro y que después de eso paró muy brusco y se fue a la zanja. Pero Demian, no olvidaré sus manos finas, pero rajadas por los tiesos alambres, sus cicatrices en las manos, me delatan y serán su recuerdo constante de cuanto he llegado a traicionar mis principios y promesas…”

Cuando terminó de recordar todo con claridad asumió que era a ella a quien se refería Lhester, no podía dejar de guardarle un rencor furioso por no haber podido atender de mejor manera a la chica.
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Meses pasó Demian entre el sótano y la iglesia, había ya conocido al cura y más menos a cada una de las viejecillas, separó las que olían a axilas, de las que habían pisado mierda de vaca, las que tenían las manos sucias, las que se sonaban los mocos en pañuelos ya marrones, húmedos y podridos. Era realmente un asco tener que ir a la iglesia con su madre, pero a veces valía la pena.

Lhester le enseñaba de a poco todo lo que iba sabiendo de medicina, que en realidad no era tanto, pero sabía los pequeños secretos de un médico del sur. Inyectar con manos delicadas no le era difícil, incluso cosió heridas de animales. Leía los libros que se había encontrado y repasaba lo que su tutor le enseñaba.

Y pensaba en ella de vez en cuando, si bien no se desvelaba por ella, pero de todas maneras le era un duro motivo para no conciliar el sueño, su adorada chica callada se paseaba por el mundo sin que el nada supiera de ella, salvo los encuentros y conversaciones que se había inventado.

Ya no importaban Dolores ni Antonieta, ni Lhester ni la Medicina, solo eran ansías de existir lo que a Lupita concernía. Le puso así cariñosamente cuando vió la imagen que colgaba de su cuello.
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Se le pasaban rápidos los días pensando en ella, hasta que se hastió y se decidió a escribirle…

Hola…
Que mierda, arrugó la hoja y la botó al suelo.
Dejó de ir a la iglesia, no soportaba tener que verla y esperar a escuchar si quiera dos palabras que le salieran a ella, para saber si al menos algo pensaba, para saber si detrás de esa cara silenciosa no había más que un abismo insondable.

Se volcó a los libros una vez más. Llegaba a la vida de Demian el momento en que todo amante deja de abrir sus cortinas para poder estar todo el día durmiendo o haciendo cualquier cosa dentro de una pieza.

Tres meses después, solo le quedaba uno solo libro que leer de los libreros del sótano, si bien habían bastantes la mayoría se había perdido en la humedad y en el olvido. Fue a dejarlo al sótano, cuando se percató, que detrás del espacio vacío del libro algo se veía en la pared, como una despensa, parecía una puerta. Cuando vio lo que habia dentro de ella, no podia creerlo, su vista se fue a negro mirando fijamente aquellas medallas que hiló a los cuchillos que había encontrado meses antes en otra caja, eran sin dudas de su padre, nunca los abandonó, se le había ocultado toda existencia del paso por esa casa, los libros encontrados, algunos tenían poemas. Los escribió su padre, eso le daba sentido a bastantes cosas. Cuchillos, medicina, poemas, medallas… Trofeos enterrados bajo la superficie de la casa haciendo caso omiso a sus esperanzas de hallarlo algún día.

Un día Lhester llegó a la casa, Dolores fue personalmente a buscarlo a la pieza. Había algo importante que hablar, Antonieta tras su larga vida de mujer fuerte, se cansaba de luchar y quería hablar con su hijo a solas, Lhester explicó a Demian mientras caminaban hacia la pieza de la moribunda dama, que no había nada que hacer. Tantos años de penas y suspensos con su hijo le pesaban hoy en día completamente, el techo caía a pedazos con cada paso. Las tablas del suelo se doblaban hasta partirse. La pintura y la cal se caía al suelo como nieve sucia, el cielo se oscurecía completamente para el no tan pequeño Demian, sabía que tras la puerta a la que alguna vez le fue grato entrar, hoy le esperaba una cruel verdad. Voces graves cantaban a la memoria de la Vieja Antonieta y un conjunto de ángeles le mullía cama en el cielo.

Demian no se sorprendió de lo que veía, una viejecilla como las que el odiaba, remojada en sus propios jugos y jadeando el lugar de respirar, había un olor a podrido en esa pieza.

-Hijo, mi amor –tosía mientras hablaba- creo que…

-Madre. No se esfuerce en hablar.

-Te amo hijo –le dijo quebrando en llanto-

-Madre, tengo algo que decirte...

Salió caminando tras despedirse de mamá, y como una vez estuvieron en ascuas con él enfermo aquella pieza, ahora es él quien impotente contempla desde afuera. Cuando salió Dolores, de su altura, abrasó a Demian, como esperándose lo que ahora ocurría. Siguió Lhester, abrasó a su pupilo.




Luego bajaron a la mesa. Se miraban sin decirse nada, estaban muy mal ante la situación como para poder rellenar el silencio con cualquier cosa, nada interesaba, la persona que los unía había fallecido aquella noche, ahora les quedaba solamente conocerse, revelarse secretos, hacerse compañía o separarse irremediablemente. Dolores fue a preparar a la difunta, luego, Tutor y Pupilo iniciaron viaje juntos iluminados por velas dentro de lámparas de vidrio, se dirigían donde un conocido del primero quien proporcionaría el ataud, antes de separarse,el segundo se dirigió a la iglesia a avisar al cura, para preparar los ritos fúnebres.

-Demian, ¿Estarás bien?

-...

-Se me olvidaba entregarte esto.

¿Qué será eso? ¿Una nota de mi madre? Una carta, la leeré de camino.

Estimado Demian:

No me hace falta mucho para darme cuenta de que está abandonado. He sabido de usted por el Doctor, que me ha dicho que le enseña de vez en cuando. Nunca me ha pasado desapercibido, de hecho creo que encerrada en estas frías paredes vivo por y para ti, no hay día e usted señor querido de mi alma, no hay día que no se pase por mi mente, ni segundo en que no repita su nombre para mis adentros. He comenzado a asistir con ganas a la iglesia solo para verlo, pero usted se me ha desaparecido,¿No considera acaso que vivo por usted?

Tal noticia hubiese sido antes más agradable de saber que ahora. La iglesia no está cerca, me demoraré caminando.

Tocó a la puerta de la iglesia. Salió el cura. Miró a Demian de pies a cabeza. Demian lo abrazó y en su hombro, débilmente murmuró:

-Hoy ha muerto mi madre.- Nada más salió de su boca.

-Pasa hijo mio, puedes quedarte aquí. Yo veré lo de los preparativos para el funeral.

El chico estaba echado sobre un sillón de coligues mirando el techo, no parecía dolido, no tenía cara de lamento, tenía una expresión de gritos en la nada.

Tocaron las campanas en su memoria al medio día, una caravana de veintitrés personas iba caminando cansada detrás del ataud, que llevaban Demian vestido de traje, Lhester con su abrigo marrón, Dolores con su echarpe negro tapándola desde el cuello hasta las caderas. El otro puesto lo ocupaba Faustino finamente arreglado para el funeral de la amiga de su esposa, consideraba de gran responsabilidad su labor, tener que cargar a una mujer que no tenía hombre que la acompañara en la hora de su muerte…

Frente al panteón fue el adiós a Antonieta, mujer que vivió llena de penas y abrigada en silencios.

El cura dio un par de palabras de funeral de otoño, se cantaron un par de canciones que se congelaron en la memoria de La Triste Tríada de Funeral.

“…Hermanos, ya la muerte su aguijón a escondido, porque Jesucristo ha triunfado sobre ella…”

Era ella, la primera inquilina del Panteón de la familia, el que se ubicaba en un sitio cercano a la casa, al lado del galpón donde se guardaba la comida de los animales, fue a acabar doña Antonieta.

La tríada se fue a quedar a la cada de don Faustino, Dolores volvía a salir de casa, hoy no por salvar a Demian, sino por acompañarlo en un complejo momento. Lhester y don Faustino conversaban con Demian, Dolores consolaba a la Señora Lupe. Algún día su padre la llamó asi por su Virgen Patrona.

Demian se fue a acostar temprano, se quedó en la pieza que le dijo una críada. Se sumergió presto en sus sueños, poco a poco. Soñó con Dolores, la veía muy joven y hermosa. Conversaba con ella, sobre las cosas que venían.

“…Escúchame bien, termina una etapa de tu vida, piénsalo lentamente, viene ahora el tiempo presente en que te pones a leer, viene ahora – ella en la cocina le sirve un jarrón con jugo de duraznos a Demian- cuando te des cuenta, de todo lo que debes hacer. ¿Te gustan las frutillas?

Un campo, una casa de ladrillos rojos, paseaban ambos en un día de sol detrás de esta, por la orilla de un canalito dorado por el reflejos de los rayos amarillos, onduladas las aguas, intranquilas por las frutillas del fondo, un campo de frutillas se extendía hasta la inmensidad. Ella, de provocativas prendas se acercaba al canal a tomar una roja frutilla, mordiéndola con sus mojados labios, al agacharse a comerla dejaba ver sus grandes senos. Juntos caminaban por el camino de piedras que había en la casa, pasaron por el lado de un poso de agua falso, que tenía dentro tierra y pequeñas flores, se tomaron de la mano con la críada y subieron un cerrito para ir juntos donde una animita negra…

Demian, ¿Vida o Muerte? Susurraba una voz en su oído
Demian ¿Dulce de leche o menta? Le repite la voz
Yo te ayudaré…

Fue el último susurro que escucho antes de comenzar a desesperarse, todo comenzaba a andar muy rápido, recordaba recordaba, lo que le había dicho a su madre, pero era la verdad, se ahogaba Demian hasta que abrió los ojos y se percataba de que lo estaban ahogando. Las manos lo soltaron y se levantó a tomar del cuello a quien lo atacaba, ella lo tomó del cuello a él igualmente y lo besó en la boca, forzando su lengua para entrar en la boca de él. Luego se dio media vuelta y se volvió a su habitación.

Latía su corazón como corriendo por el despertar y el insomnio más dulce que había tenido. No supo reconocerla, pero sabía que era ella. Sabía que estarían ligados para siempre.